JUNTOS EN EL CAMINO DE LA ESPERANZA
YA NO SOMOS EXTRANJEROS

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS CATÓLICOS

DE LOS ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO SOBRE LA MIGRACIÓN

 

Introducción

Capítulo I. América: Una historia común de migración y una fe compartida en Jesucristo

Capítulo II. Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia

La migración a la luz de la Palabra de Dios

La migración a la luz de la enseñanza social de la Iglesia

                                I. Las personas tienen derecho a encontrar oportunidades en su tierra natal

II. Las personas tienen derecho a emigrar para mantenerse a sí mismas y a sus familias

                                III. Los Estados soberanos poseen el derecho de controlar sus fronteras

IV. Debe protegerse a quienes buscan refugio y asilo

V. Deben respetarse la dignidad y los derechos humanos de los migrantes indocumentados

Capítulo III. Desafíos y propuestas pastorales para la Iglesia ante los migrantes, sus familias y sus comunidades

Hacia la conversión

Hacia la comunión

Hacia la solidaridad

Acompañamiento pastoral en el origen, durante el tránsito y a su llegada

Respuestas pastorales conjuntas

Capítulo IV. Retos y propuestas ante la política migratoria

Causas profundas de la migración

Creación de vías legales para la migración

La inmigración debe basarse en el principio de la unidad familiar

Legalización de los indocumentados

Programa de trabajadores temporales

Políticas humanitarias de control migratorio en México y en los Estados Unidos

Estrategias de control migratorio

Políticas de control fronterizo

                                Derechos de “debido proceso”

Protección de los derechos humanos en las políticas migratorias regionales

Consecuencias para los migrantes de los ataques terroristas del once de septiembre

Conclusión

Apéndice: Definiciones

Introducción

 

1. Al comienzo del tercer milenio damos gracias a Dios Padre por el don de la creación, y a Nuestro Señor Jesucristo por el don de la salvación. Elevamos nuestra plegaria al Espíritu Santo para que nos fortalezca y nos guíe en nuestra responsabilidad de cumplir todo aquello que el Señor nos ha mandado. Al discernir los signos de los tiempos, percibimos al incremento de la emigración entre los pueblos del Continente Americano, como parte del fenómeno mundial denominado como globalización. Vemos también el fenómeno de la migración dentro de un horizonte esperanzador, aunque unido a grandes desafíos.

2. Hablamos como Obispos de dos Conferencias Episcopales pero como una sola Iglesia, unidos en la opinión de que la migración entre nuestras dos naciones es necesaria y benéfica. A la vez reconocemos que algunos aspectos de la experiencia del migrante se encuentran lejos de la visión del reino de Dios que  Jesús proclamó: muchas personas que intentan migrar están sufriendo, y en algunos casos muriendo; se vulneran los derechos humanos; se separan las familias; y continúan existiendo actitudes racistas y xenofóbicas.

3. El 23 de enero de 1999, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II entregó la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los Obispos de América.[1] En el espíritu de solidaridad eclesial iniciado en este Sínodo y expresado en dicha exhortación – y conscientes de la realidad de las migraciones que viven nuestras dos naciones – nosotros, los Obispos de los Estados Unidos y de México, buscamos despertar en nuestros pueblos la misteriosa presencia del Señor crucificado y resucitado en la persona del migrante, y renovar en ellos los valores del Reino de Dios que Él proclamó.

4. Como Obispos, pastores de más de noventa millones de católicos mexicanos y sesenta y cinco millones de católicos estadounidenses, somos testigos de las consecuencias humanas de la migración en la vida diaria de la sociedad. También somos testigos de la vulnerabilidad de nuestros pueblos al estar involucrados en todos los aspectos del fenómeno migratorio, como las familias devastadas por la pérdida de aquellos seres queridos que han emprendido el camino de la migración, y los niños que viven en la soledad desde el momento que sus padres les son arrancados. Observamos el esfuerzo de los propietarios de tierras y de las autoridades que buscan la protección del bien común, sin violar la dignidad del migrante. Y compartimos la preocupación de los prestadores de servicios sociales y religiosos, quienes intentan responder al migrante que toca a su puerta sin violar los principios de la ley.

5. Estando los migrantes presentes en las parroquias y comunidades de nuestros dos países, vemos demasiada injusticia y violencia en su contra; y entre ellos, bastante sufrimiento y desesperanza porque las estructuras civiles y eclesiales siguen siendo insuficientes para dar respuesta a sus necesidades más elementales.

6. Como comunidad en la fe nos debemos cuestionar por el trato que brindamos a los más vulnerables entre nosotros. Esta actitud hacia los migrantes desafía la conciencia de los servidores públicos, de las autoridades, de los que definen políticas públicas, de los habitantes de las comunidades fronterizas y de los prestadores de servicios jurídicos y sociales, muchos de los cuales comparten nuestra fe católica.

7. Para preparar esta Carta Pastoral hemos desarrollado un proceso de dos años de duración, en el que nos hemos reunido tanto en México como en los Estados Unidos con migrantes, servidores públicos, funcionarios, autoridades, promotores de la justicia social, párrocos, feligreses, y líderes de las comunidades. Nuestros diálogos han revelado el anhelo común de un sistema migratorio más ordenado, que reconozca la realidad de la migración y promueva la justa aplicación de la ley civil. Deseamos analizar los intereses de todas las partes involucradas en el fenómeno migratorio a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, y ofrecer un marco moral para aceptar, no para rechazar, la realidad de la migración entre nuestras dos naciones. Invitamos a todo católico y a toda persona de buena voluntad a que viva su fe y use sus recursos y dones para, verdaderamente,  acoger al forastero entre nosotros (cfr. Mt 25,35).

8. En años recientes se han desarrollado señales esperanzadoras tanto en México como en Estados Unidos en torno al fenómeno migratorio: una creciente conciencia que ve a los migrantes como portadores de fe y cultura; un aumento de hospitalidad y servicios sociales, incluyendo los albergues para migrantes; una creciente red de defensores de sus derechos; una mayor organización de esfuerzos cuyo fin es lograr la acogida y la comunión intercultural; un mejor desarrollo de la conciencia social; y un mayor reconocimiento por parte de ambos gobiernos de la importancia del tema migratorio. Cada una de nuestras  Conferencias Episcopales ha expresado su gran preocupación por apoyar estos signos esperanzadores.[2]  Reiteramos nuestro aprecio y apoyo a los compromisos por la solidaridad inspirados en la visión de Ecclesia in America.

9. Nos dirigimos a los migrantes que se ven forzados a dejar sus tierras para mantener a sus familias o escapar de la persecución. Estamos a su lado en solidaridad. Nos comprometemos a su atención pastoral y al trabajo necesario para lograr cambios en las estructuras eclesiales y sociales que impiden el ejercicio de su dignidad como hijos e hijas de Dios.

10. Nos dirigimos a los funcionarios públicos de ambas naciones, desde las máximas autoridades hasta quienes se encuentran diariamente con el migrante.

11. Nos dirigimos a las autoridades gubernamentales de ambos países cuya labor es hacer cumplir,  implementar y ejecutar las leyes migratorias.

12. Finalmente, nos dirigimos a los pueblos de los Estados Unidos y de México: nuestras naciones viven una interdependencia jamás vista en su historia, comparten valores sociales y culturales, intereses y esperanzas para el futuro; tienen una oportunidad singular para actuar como verdaderos vecinos, y para trabajar juntos en la elaboración de un sistema migratorio más justo y generoso. Así mismo agradecemos a los Presidentes de nuestras Naciones el diálogo que han tenido con el objetivo de humanizar el fenómeno migratorio.

 

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Capítulo I

América: Una historia común de migración

y una fe compartida en Jesucristo

13. América es un continente que nace de pueblos migrantes que vinieron a habitar estas tierras, y que de norte a sur dieron luz a nuevas civilizaciones. A lo largo de la historia, el continente ha sufrido también la llegada de otros pueblos que vinieron a conquistar y a colonizar estas tierras, desplazando y eliminando a poblaciones enteras, e incluso, forzando a un sinnúmero de personas y de familias a venir como esclavos desde África.

14. Fue precisamente dentro de los procesos históricos de estos movimientos forzados y voluntarios como la fe en Cristo entró en estas tierras y se extendió por todo el continente: “Es la fisonomía religiosa americana, impregnada de los valores morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en discusión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con ellos” (EA, 14).

15. Nuestro Continente americano ha recibido en forma constante a migrantes, refugiados, exiliados y perseguidos venidos de otras tierras. Huyendo de la injusticia y la opresión, buscando la libertad y la oportunidad para alcanzar una vida mejor;  muchos han encontrado trabajo, casa, seguridad, libertad y crecimiento para sí mismos y sus familias. Nuestros países comparten esta experiencia del migrante, aunque en distintos grados y expresiones.

16. Desde sus orígenes la historia de México ha estado marcada por encuentros entre pueblos que, provenientes de distintas tierras, la han transformado y enriquecido. Fue el encuentro entre españoles y los naturales de esta tierra lo que dio origen a la nación mexicana, en un nacimiento que estuvo pleno del sufrimiento y del gozo que conlleva la lucha por la vida. Además, inmigrantes procedentes de todos los continentes han participado en la formación de México, continúan haciéndolo hoy día, y seguirán haciéndolo en el futuro. México no es solamente un país de emigrantes, también es un país de inmigrantes que vienen a rehacer sus vidas. Es importante recordar la dura experiencia que tantos de nuestros hermanos y hermanas han tenido por ser extranjeros en una tierra nueva, y darles la bienvenida a quienes vienen a estar entre nosotros.

17. Desde su fundación hasta el día de hoy, los Estados Unidos han recibido a inmigrantes provenientes de todo el mundo, que han encontrado oportunidad y refugio en tierras nuevas. El trabajo, los valores y las creencias de los inmigrantes procedentes de todas las partes del mundo, han transformado a los Estados Unidos, que han pasado de ser un grupo frágil de colonias a una de las democracias destacadas del mundo de hoy. Desde su fundación hasta la actualidad, los Estados Unidos de América continúan siendo una nación de inmigrantes, firme en la creencia de que los recién llegados ofrecen energía, esperanza y diversidad cultural.

18. En la época contemporánea, queda clara la interdependencia e integración que han alcanzado  nuestros dos pueblos. Según estadísticas del gobierno estadounidense, alrededor de 800,000 mexicanos ingresan diariamente a los Estados Unidos.[3] En años recientes las inversiones bilaterales han alcanzado niveles sin precedente. Más aún, cada año los Estados Unidos admiten entre 150,000 y 200,000 mexicanos al país como residentes permanentes legales, representando así casi el 20 por ciento del total de los residentes permanentes legales admitidos anualmente.[4]  Además, un número significativo de estadounidenses vive, trabaja y se jubila en México. Sumada a esta interdependencia vigente, México y los Estados Unidos han quedado vinculados por lazos históricos y espirituales.

19. Nuestra fe común en Jesucristo, nos mueve a buscar maneras de favorecer el espíritu de solidaridad. Es una fe que trasciende las fronteras y nos pide eliminar toda forma de discriminación y de violencia, para construir relaciones de justicia y de amor.

20. A la luz de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe al más pequeño de sus hijos, quien era tan débil como la mayoría de los migrantes lo son hoy, el pasado y el presente de nuestro continente reciben un nuevo significado. Fue a San Juan Diego a quien nuestra Madre pidió le construyera un templo, en el que pudiese mostrar su amor, compasión, auxilio y defensa a todos sus hijos, especialmente a los más pequeños.[5] Desde entonces, en su Basílica y más allá de sus muros, ella reúne a todos los pueblos de América a celebrar en la mesa del Señor, en donde todos sus hijos podemos compartir y disfrutar de la unidad del continente en la diversidad de sus pueblos, lenguas y culturas (EA,11).

21. Hacemos nuestras las palabras del Papa Juan Pablo II:

“El Continente americano ha conocido en su historia muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y mujeres a las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor. El fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y familias procedentes de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han instalado en las regiones del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable de la población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de significativos elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas provocados por esta situación y se esfuerza en desarrollar una verdadera atención pastoral entre dichos inmigrantes, para favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será un enriquecimiento para todos”  (EA, 65).

 

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Capítulo II

REFLEXIONES A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS

y la doctrina social de la Iglesia

La migración a la luz de la Palabra de Dios

22. La Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia que en ella se fundamenta, ayudan a comprender de manera definitivamente esperanzadora las luces y sombras que forman parte de las dimensiones éticas, sociales, políticas, económicas y culturales de las migraciones entre nuestros dos países. La Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia también iluminan las causas que llevan a las migraciones, así como las consecuencias que éstas tienen para las comunidades de origen y destino.

23. Desde una visión de fe estas luces y sombras son parte de la dinámica de la creación y la gracia, así como del pecado y la muerte, que conforman el escenario de la historia de la salvación.

 

Antiguo Testamento

24. Aun en las duras historias de la migración, Dios está presente y se revela a Sí Mismo. Abraham dio un paso en la fe para responder al llamado de Dios (Gn 12,1). Abraham y Sara extendieron su hospitalidad a tres forasteros que en realidad eran una manifestación del Señor, generosidad que se convirtió en paradigma de respuesta ante todo forastero para los descendientes de Abraham. La gracia de Dios irrumpió hasta en situaciones de pecado: durante la migración forzada de los hijos de Jacob, José, vendido como esclavo, se convirtió eventualmente en el salvador de su familia (Gn 37,45) como una figura de Jesús, quien traicionado por un amigo por treinta monedas de plata, salva a la familia humana.

25. Los acontecimientos fundamentales de la esclavitud por parte de los egipcios y de la liberación por Dios en la historia del pueblo elegido, se plasmaron en los mandamientos del Antiguo Testamento referidos al trato debido a los forasteros (Ex 23,9; Lv 19,33). La actitud hacia el extranjero constituye tanto una imitación del Señor, como una manifestación primordial y específica del gran mandamiento de amar al prójimo: “Pues el Señor su Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores: el Dios grande, fuerte y temible que no hace distinción de personas ni acepta sobornos; que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero suministrándole pan y vestido. Amen ustedes también al extranjero, ya que extranjeros fueron ustedes en el país de Egipto” (Dt 10,17-19). Para los israelitas, estos mandatos no consistían solamente en exhortaciones personales. La bienvenida y acogida del extranjero fueron inclusive vinculadas a las leyes del espigueo y del diezmo (Lv 19,9-10; Dt 14,28-29).

Nuevo Testamento

26. Haciendo memoria de la migración a Egipto del pueblo elegido, Jesús, María y José fueron refugiados en ese país: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2,15). Desde entonces, la Sagrada Familia es una figura con la que se pueden identificar migrantes y refugiados de todos los tiempos, dándoles esperanza y valor en momentos difíciles. Así mismo, San Mateo resalta la misteriosa presencia de Jesús en los migrantes, a quienes con frecuencia se detiene en prisión, o carecen de comida y de bebida (cfr. Mt 25,35-36). El “Hijo del hombre” que vendrá “en su gloria” (Mt 25,31) juzgará a sus discípulos según la respuesta que den a quienes pasen estas necesidades: “Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40).

27. Es Cristo Resucitado quien envía a sus discípulos a todas las naciones para anunciar la Buena Nueva de su resurrección, y para unir a todos los pueblos, por medio de la fe y el bautismo, en la vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo (cfr. Mt 28,16-20). Cristo Resucitado selló este mandato al enviar al Espíritu Santo (cfr. Hch 2,1-21). El triunfo de la gracia de la Resurrección de Cristo siembra así la esperanza en el corazón de todo creyente. Es el Espíritu Santo quien actúa en la Iglesia para unir a todos los pueblos, de toda raza y cultura, en la única familia de Dios (cfr. Ef 2,17-20). Él ha estado presente a lo largo de la historia de la Iglesia para actuar ante la injusticia, la división y la opresión, y para lograr el respeto de los derechos humanos, la unidad de las razas y las culturas, y la incorporación de los pobres y marginados en la vida plena de la Iglesia. Una de las formas en que estas obras del Espíritu se han manifestado en tiempos modernos, es la Doctrina Social de la Iglesia, en particular por medio de los principios de dignidad humana y de solidaridad.

 

La migración a la luz de la enseñanza social de la Iglesia

28. La Doctrina Social de la Iglesia posee una larga y abundante tradición en defensa del derecho a migrar. Basada en la vida y enseñanza de Jesús, esta doctrina ha desarrollado los principios básicos sobre el derecho de migrar para quienes quieran ejercerlo como uno de  los derechos humanos que Dios les ha dado. Así mismo, define que es necesario atender las causas profundas de la migración: pobreza, injusticia, intolerancia religiosa, conflictos armados, para que los migrantes tengan la opción de permanecer en su tierra natal y mantener a sus familias.

29. Esta doctrina se ha desarrollado aún más en los tiempos modernos como respuesta al fenómeno mundial de las migraciones. En la constitución apostólica Exsul Familia, el Papa Pío XII confirma el compromiso de la Iglesia de atender y cuidar a los peregrinos, forasteros, exiliados y migrantes de todo tipo, afirmando que todo pueblo tiene el derecho a condiciones dignas para la vida humana, y si éstas no se dan, tiene derecho a emigrar: “En este caso, según señala Rerum Novarum, se respeta el derecho de la familia a un espacio vital.[6]  Donde esto suceda, la emigración logrará – según a veces confirma la experiencia – su fin natural”.[7]

30. Aun reconociendo el derecho que posee un Estado soberano de controlar sus fronteras, Exsul Familia establece que tal derecho no es absoluto, pues declara que deben conjugarse las necesidades de los migrantes con las necesidades de los países que los reciben:

“[El] creador de todas las cosas creó todos los bienes principalmente para beneficio de todos: por eso, aunque el dominio de cada uno de los Estados debe respetarse, no debe aquel dominio extenderse de tal modo que por insuficientes e injustas razones se impida el acceso a los pobres, nacidos en otras partes y dotados de sana moral, en cuanto esto no se oponga a la pública utilidad pesada con balanza exacta”.[8]

En su gran encíclica Pacem in Terris, el Beato Papa Juan XXIII profundiza aún más la cuestión del derecho del individuo a migrar, así como su derecho a no tener que migrar:  “Todo hombre tiene derecho a la libertad de movimiento y de residencia dentro de la comunidad política de la que es ciudadano; y también tiene el derecho de emigrar a otras comunidades políticas y establecerse en ellas”.[9] Sin embargo, él mismo estableció límites a la migración “cuando así lo aconsejen legítimos intereses”. Aún así, en la misma encíclica confirmó la obligación de los estados soberanos de promover el bien universal cuando sea posible, incluyendo una obligación de adaptarse a los flujos migratorios, indicando que para las naciones más poderosas existe una mayor obligación.

31. La Iglesia también reconoce la dura situación de los refugiados y exiliados que sufren a causa de la persecución. En su encíclica Sollicitudo Rei Socialis, el Papa Juan Pablo II hace referencia a la crisis mundial de los refugiados como “una plaga típica y reveladora de los desequilibrios y conflictos del mundo contemporáneo”[10]. En su mensaje de cuaresma de 1990, el Papa Juan Pablo II enumeró los derechos de los refugiados, incluyendo el derecho a reunirse con sus familiares y el derecho a un trabajo digno con un salario justo. El derecho al asilo jamás debe negarse cuando la vida de la persona peligre realmente si permanece en su tierra natal.[11]

32. El Papa Juan Pablo II también hace referencia a los temas más controvertidos de las migraciones indocumentadas y al migrante indocumentado. En su discurso para el Día Mundial del Migrante de 1995, quiso hacer ver que los países desarrollados utilizan estas migraciones como fuente de mano de obra. Definitivamente, dice el Papa, la solución para la migración indocumentada es la eliminación a escala mundial del subdesarrollo.[12]  Ecclesia in America, que se enfoca en la Iglesia presente en Norteamérica y Sudamérica, reitera los derechos de los migrantes y sus familias, y el respeto a su dignidad humana “también en los casos de inmigraciones no legales”. [13]

33. Ambas Conferencias Episcopales nos hacemos eco de la abundante tradición de la enseñanza de la Iglesia respecto a la migración.[14] Cinco principios emergen de la Doctrina Social de la Iglesia que la orientan respecto de la visión que debe adoptarse sobre las cuestiones migratorias:

 

I. Las personas tienen el derecho de encontrar oportunidades en su tierra natal

34. Toda persona tiene el derecho de encontrar en su propio país oportunidades económicas, políticas y sociales, que le permitan alcanzar una vida digna y plena mediante el uso de sus dones. Es en este contexto cuando un trabajo que proporcione un salario justo, suficiente para vivir, constituye una necesidad básica de todo ser humano.

II. Las personas tienen el derecho de emigrar para mantenerse sí mismas y a sus familias

35. La Iglesia reconoce que todos los bienes de la tierra pertenecen a todos los pueblos.[15]  Por lo tanto, cuando una persona no consiga encontrar un empleo que le permita obtener la manutención propia y de su familia en su país de origen, ésta tiene el derecho de buscar trabajo fuera de él para lograr sobrevivir. Los Estados soberanos deben buscar formas de adaptarse a este derecho.

III. Los Estados soberanos poseen el derecho de controlar sus fronteras

36. La Iglesia reconoce que todo Estado soberano posee el derecho de salvaguardar su territorio; sin embargo, rechaza que tal derecho se ejerza sólo con el objetivo de adquirir mayor riqueza. Las naciones cuyo poderío económico sea mayor, y tengan la capacidad de proteger y alimentar a sus habitantes, cuentan con una obligación mayor de adaptarse a los flujos migratorios.

IV. Debe protegerse a quienes busquen refugio y asilo

37. La comunidad global debe proteger a quienes huyen de la guerra y la persecución. Lo anterior requiere, como mínimo, que los migrantes cuenten con el derecho de solicitar la calidad de refugiado o asilado sin permanecer detenidos, y que dicha solicitud sea plenamente considerada por la autoridad competente.

V. Deben respetarse la dignidad y los derechos humanos de los migrantes indocumentados

38. Independientemente de su situación legal, los migrantes, como toda persona, poseen una dignidad humana intrínseca que debe ser respetada. Es común que sean sujetos a leyes punitivas y al maltrato por parte de las autoridades, tanto en países de origen como de tránsito y destino. Es necesaria la adopción de políticas gubernamentales que respeten los derechos humanos básicos de los migrantes indocumentados.

39. La Iglesia en su enseñanza reconoce el derecho que posee todo Estado soberano de controlar sus fronteras para promover el bien común. Así mismo reconoce el derecho que tienen las personas de migrar para gozar los derechos que poseen como hijos de Dios. Estos principios se complementan. Aun cuando el Estado soberano puede imponer límites razonables a la inmigración, no se sirve al bien común cuando se va contra los derechos humanos básicos del individuo. En la situación actual caracterizada por una pobreza global desenfrenada, se parte de la presunción de que la persona debe emigrar para mantenerse; y de ser posible, las naciones con capacidad de recibirla, deben hacerlo. Este es el criterio por medio del cual valoramos la realidad de la migración que viven en la actualidad los Estados Unidos y México.

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CAPÍTULO III

DESAFÍOS Y PROPUESTAS PASTORALES

 

Hacia la conversión

40. Nuestra preocupación como pastores, por la dignidad y los derechos de los migrantes, abarca tanto las respuestas pastorales como los asuntos de política migratoria. La Iglesia en nuestros dos países debe enfrentar el reto de ver en el forastero presente entre nosotros el rostro de Cristo Crucificado y Resucitado. La Iglesia entera está llamada a vivir la experiencia de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), para como ellos convertirse en testigos de Cristo Resucitado al darle la bienvenida como extranjero. La fe en la presencia de Cristo en el migrante, conlleva así a la conversión de corazón y mente, a un espíritu renovado de comunión, y a la construcción de estructuras de solidaridad para acompañar al migrante. El proceso de conversión de corazón y mente tiene como consecuencia la necesidad de superar actitudes de superioridad cultural, indiferencia y racismo; de no ver al forastero como un extranjero con malas intenciones, a un terrorista o una amenaza económica, sino como una persona plena en dignidad y derechos que revela la presencia de Cristo, portadora de profundos valores culturales y de tradiciones ricas en la fe. Hacemos un llamado a todos los líderes de la Iglesia en ambos países, para que comuniquen esta enseñanza, así como para que den a conocer el fenómeno migratorio, sus causas y el impacto que tiene en todo el mundo. Esta instrucción debe estar fundada en las Escrituras y en la Doctrina Social de la Iglesia.

Hacia la comunión

41. La auténtica conversión conduce a vivir la comunión mediante expresiones de hospitalidad y bienvenida por parte de las comunidades receptoras, y mediante un sentir de pertenencia por parte de las comunidades inmigrantes. El Nuevo Testamento aconseja frecuentemente practicar la hospitalidad como virtud necesaria en todo discípulo de Jesús. Muchos migrantes han buscado consuelo fuera de la Iglesia, al haber sentido el rechazo o la indiferencia de comunidades católicas, sufriendo así la triste suerte de Jesús, quien como lo recuerda el Evangelio de Juan:  “Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron”. (Jn 1,11). La necesidad de ofrecer hospitalidad y de crear un sentido de pertenencia compete a la Iglesia en todos sus niveles, pues como el Papa Juan Pablo II declaró durante su Mensaje del Día del Migrante de 1993:  “Las familias de migrantes deben tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su patria”.[16]

42. Nosotros Obispos tenemos la responsabilidad primera de construir el espíritu de comunión y hospitalidad para con los migrantes que pasen o se asienten en la región. Por ello:

     Hacemos un llamado a párrocos y ministros laicos para que formen una red de apoyo en servicio de las familias migrantes.

     Exhortamos a cada comunidad a extender su hospitalidad a las familias migrantes durante su caminar, y a que no les sean hostiles.

     Felicitamos a las comunidades eclesiales que han establecido los albergues para migrantes por proveer ayuda apropiada, servicio social y pastoral a los migrantes.

     Alentamos a los católicos y a las personas de buena voluntad a trabajar con su comunidad para atender las causas de las migraciones indocumentadas, y a proteger los derechos humanos de todo migrante.

     Hacemos un llamado a las Iglesias particulares para que ayuden a los inmigrantes a integrarse en ellas por medios respetuosos, a que valoren sus culturas, y a que respondan a sus necesidades sociales, lo cual se traducirá en un enriquecimiento mutuo.

     Pedimos que se extienda una atención especial a niños y jóvenes migrantes, pues enfrentan la carga de vivir en dos culturas; especialmente para darles oportunidades de liderazgo y de servicio en la comunidad, y para fomentar en ellos las vocaciones.

     La Iglesia en ambos lados de la frontera debe destinar recursos para prestar la atención pastoral a migrantes detenidos o encarcelados. La presencia de la Iglesia en los centros de detención y en las cárceles, es esencial para responder a las violaciones de los derechos humanos que puedan llegar a sufrir los migrantes al ser detenidos.

     Alentamos a las diócesis a patrocinar servicios sociales y legales a bajo costo para los migrantes.

     En muchas diócesis rurales, el lugar central para la atención pastoral de los migrantes es el campamento en el que habitan, el cual suele estar lejos de las parroquias. En este contexto, exhortamos a los párrocos a preparar a sus feligreses como misioneros, y a instruir a su vez a los propios migrantes como agentes de pastoral.

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Hacia la solidaridad

43. La construcción de la comunidad con nuevos migrantes requiere un mayor sentido de solidaridad. El Obispo como pastor de la Iglesia particular debe ser guía de los sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos en la promoción de la justicia, y en la denuncia de los abusos que sufren los migrantes, defendiendo con valor sus derechos humanos elementales. Este debe ser el caso tanto