JUNTOS EN EL CAMINO
DE LA ESPERANZA
YA NO SOMOS EXTRANJEROS
CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS CATÓLICOS
DE LOS ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO SOBRE LA MIGRACIÓN
Capítulo I. América: Una historia común
de migración y una fe compartida en Jesucristo
Capítulo II. Reflexiones a la luz de la Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia
La migración a la luz de la Palabra de Dios
La migración a la luz de la enseñanza social de la Iglesia
I. Las personas
tienen derecho a encontrar oportunidades en su tierra natal
II. Las personas tienen derecho a emigrar para mantenerse
a sí mismas y a sus familias
III. Los
Estados soberanos poseen el derecho de controlar sus fronteras
IV. Debe protegerse a quienes buscan refugio y asilo
V. Deben respetarse la dignidad y los derechos humanos de
los migrantes indocumentados
Acompañamiento pastoral en el origen, durante el tránsito y a su llegada
Respuestas pastorales conjuntas
Capítulo IV. Retos y propuestas ante la política migratoria
Causas profundas de la migración
Creación de vías legales para la migración
La inmigración debe
basarse en el principio de la unidad familiar
Legalización de
los indocumentados
Programa de
trabajadores temporales
Políticas humanitarias de control migratorio en México y
en los Estados Unidos
Estrategias de
control migratorio
Políticas de control
fronterizo
Protección de los
derechos humanos en las políticas migratorias regionales
Consecuencias para los migrantes de los ataques terroristas del once de septiembre
1. Al comienzo del tercer milenio damos gracias a Dios Padre por el don de
la creación, y a Nuestro Señor Jesucristo por el don de la salvación. Elevamos
nuestra plegaria al Espíritu Santo para que nos fortalezca y nos guíe en
nuestra responsabilidad de cumplir todo aquello que el Señor nos ha mandado. Al
discernir los signos de los tiempos, percibimos al incremento de la emigración
entre los pueblos del Continente Americano, como parte del fenómeno mundial
denominado como globalización. Vemos también el fenómeno de la migración dentro
de un horizonte esperanzador, aunque unido a grandes desafíos.
2. Hablamos como Obispos de dos Conferencias Episcopales pero como una sola
Iglesia, unidos en la opinión de que la migración entre nuestras dos naciones
es necesaria y benéfica. A la vez reconocemos que algunos aspectos de la
experiencia del migrante se encuentran lejos de la visión del reino de Dios
que Jesús proclamó: muchas personas que
intentan migrar están sufriendo, y en algunos casos muriendo; se vulneran los
derechos humanos; se separan las familias; y continúan existiendo actitudes
racistas y xenofóbicas.
3. El 23 de enero de 1999, en
4. Como Obispos, pastores de más de noventa millones de católicos mexicanos
y sesenta y cinco millones de católicos estadounidenses, somos testigos de las
consecuencias humanas de la migración en la vida diaria de la sociedad. También
somos testigos de la vulnerabilidad de nuestros pueblos al estar involucrados en
todos los aspectos del fenómeno migratorio, como las familias devastadas por la
pérdida de aquellos seres queridos que han emprendido el camino de la
migración, y los niños que viven en la soledad desde el momento que sus padres
les son arrancados. Observamos el esfuerzo de los propietarios de tierras y de
las autoridades que buscan la protección del bien común, sin violar la dignidad
del migrante. Y compartimos la preocupación de los prestadores de servicios
sociales y religiosos, quienes intentan responder al migrante que toca a su
puerta sin violar los principios de la ley.
5. Estando los migrantes presentes en las parroquias y comunidades de
nuestros dos países, vemos demasiada injusticia y violencia en su contra; y
entre ellos, bastante sufrimiento y desesperanza porque las estructuras civiles
y eclesiales siguen siendo insuficientes para dar respuesta a sus necesidades
más elementales.
6. Como comunidad en la fe nos debemos cuestionar por el trato que
brindamos a los más vulnerables entre nosotros. Esta actitud hacia los
migrantes desafía la conciencia de los servidores públicos, de las autoridades,
de los que definen políticas públicas, de los habitantes de las comunidades
fronterizas y de los prestadores de servicios jurídicos y sociales, muchos de los
cuales comparten nuestra fe católica.
7. Para preparar esta Carta Pastoral hemos desarrollado un proceso de dos
años de duración, en el que nos hemos reunido tanto en México como en los
Estados Unidos con migrantes, servidores públicos, funcionarios, autoridades,
promotores de la justicia social, párrocos, feligreses, y líderes de las
comunidades. Nuestros diálogos han revelado el anhelo común de un sistema
migratorio más ordenado, que reconozca la realidad de la migración y promueva
la justa aplicación de la ley civil. Deseamos analizar los intereses de todas
las partes involucradas en el fenómeno migratorio a la luz de
8. En años recientes se han desarrollado señales esperanzadoras tanto en
México como en Estados Unidos en torno al fenómeno migratorio: una creciente
conciencia que ve a los migrantes como portadores de fe y cultura; un aumento
de hospitalidad y servicios sociales, incluyendo los albergues para migrantes;
una creciente red de defensores de sus derechos; una mayor organización de
esfuerzos cuyo fin es lograr la acogida y la comunión intercultural; un mejor
desarrollo de la conciencia social; y un mayor reconocimiento por parte de
ambos gobiernos de la importancia del tema migratorio. Cada una de
nuestras Conferencias Episcopales ha
expresado su gran preocupación por apoyar estos signos esperanzadores.[2]
Reiteramos nuestro aprecio y apoyo a los compromisos por la solidaridad
inspirados en la visión de Ecclesia in
America.
9. Nos dirigimos a los migrantes que se ven forzados a dejar sus tierras
para mantener a sus familias o escapar de la persecución. Estamos a su lado en
solidaridad. Nos comprometemos a su atención pastoral y al trabajo necesario
para lograr cambios en las estructuras eclesiales y sociales que impiden el
ejercicio de su dignidad como hijos e hijas de Dios.
10. Nos dirigimos a los funcionarios públicos de ambas naciones, desde las
máximas autoridades hasta quienes se encuentran diariamente con el migrante.
11. Nos dirigimos a las autoridades gubernamentales de ambos países cuya
labor es hacer cumplir, implementar y
ejecutar las leyes migratorias.
12. Finalmente, nos dirigimos a los pueblos de los Estados Unidos y de
México: nuestras naciones viven una interdependencia jamás vista en su
historia, comparten valores sociales y culturales, intereses y esperanzas para
el futuro; tienen una oportunidad singular para actuar como verdaderos vecinos,
y para trabajar juntos en la elaboración de un sistema migratorio más justo y
generoso. Así mismo agradecemos a los Presidentes de nuestras Naciones el
diálogo que han tenido con el objetivo de humanizar el fenómeno migratorio.
América: Una historia común de migración
y una fe compartida en Jesucristo
13. América es un continente que nace de pueblos migrantes que vinieron a
habitar estas tierras, y que de norte a sur dieron luz a nuevas civilizaciones.
A lo largo de la historia, el continente ha sufrido también la llegada de otros
pueblos que vinieron a conquistar y a colonizar estas tierras, desplazando y
eliminando a poblaciones enteras, e incluso, forzando a un sinnúmero de
personas y de familias a venir como esclavos desde África.
14. Fue precisamente dentro de los procesos históricos de estos movimientos
forzados y voluntarios como la fe en Cristo entró en estas tierras y se
extendió por todo el continente: “Es la fisonomía religiosa americana,
impregnada de los valores morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente
y en ocasiones se han puesto en discusión, pueden considerarse en cierto modo
patrimonio de todos los habitantes de América, incluso de quienes no se
identifican con ellos” (EA, 14).
15. Nuestro Continente americano ha recibido en forma constante a migrantes,
refugiados, exiliados y perseguidos venidos de otras tierras. Huyendo de la
injusticia y la opresión, buscando la libertad y la oportunidad para alcanzar
una vida mejor; muchos han encontrado
trabajo, casa, seguridad, libertad y crecimiento para sí mismos y sus familias.
Nuestros países comparten esta experiencia del migrante, aunque en distintos
grados y expresiones.
16. Desde sus orígenes la historia de México ha estado marcada por
encuentros entre pueblos que, provenientes de distintas tierras, la han
transformado y enriquecido. Fue el encuentro entre españoles y los naturales de
esta tierra lo que dio origen a la nación mexicana, en un nacimiento que estuvo
pleno del sufrimiento y del gozo que conlleva la lucha por la vida. Además, inmigrantes
procedentes de todos los continentes han participado en la formación de México,
continúan haciéndolo hoy día, y seguirán haciéndolo en el futuro. México no es
solamente un país de emigrantes,
también es un país de inmigrantes que
vienen a rehacer sus vidas. Es importante recordar la dura experiencia que
tantos de nuestros hermanos y hermanas han tenido por ser extranjeros en una
tierra nueva, y darles la bienvenida a quienes vienen a estar entre nosotros.
17. Desde su fundación hasta el día de hoy, los Estados Unidos han recibido
a inmigrantes provenientes de todo el mundo, que han encontrado oportunidad y
refugio en tierras nuevas. El trabajo, los valores y las creencias de los
inmigrantes procedentes de todas las partes del mundo, han transformado a los
Estados Unidos, que han pasado de ser un grupo frágil de colonias a una de las
democracias destacadas del mundo de hoy. Desde su fundación hasta la
actualidad, los Estados Unidos de América continúan siendo una nación de
inmigrantes, firme en la creencia de que los recién llegados ofrecen energía,
esperanza y diversidad cultural.
18. En la época contemporánea, queda clara la interdependencia e integración
que han alcanzado nuestros dos pueblos.
Según estadísticas del gobierno estadounidense, alrededor de 800,000 mexicanos
ingresan diariamente a los Estados Unidos.[3]
En años recientes las inversiones bilaterales han alcanzado niveles sin
precedente. Más aún, cada año los Estados Unidos admiten entre 150,000 y
200,000 mexicanos al país como residentes permanentes legales, representando
así casi el 20 por ciento del total de los residentes permanentes legales admitidos anualmente.[4]
Además, un número significativo de estadounidenses vive, trabaja y se
jubila en México. Sumada a esta interdependencia vigente, México y los Estados
Unidos han quedado vinculados por lazos históricos y espirituales.
19. Nuestra fe común en Jesucristo, nos mueve a buscar maneras de favorecer
el espíritu de solidaridad. Es una fe que trasciende las fronteras y nos pide
eliminar toda forma de discriminación y de violencia, para construir relaciones
de justicia y de amor.
20. A la luz de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe al más pequeño
de sus hijos, quien era tan débil como la mayoría de los migrantes lo son hoy,
el pasado y el presente de nuestro continente reciben un nuevo significado. Fue
a San Juan Diego a quien nuestra Madre pidió le construyera un templo, en el
que pudiese mostrar su amor, compasión, auxilio y defensa a todos sus hijos,
especialmente a los más pequeños.[5]
Desde entonces, en su Basílica y más allá de sus muros, ella reúne a todos los
pueblos de América a celebrar en la mesa del Señor, en donde todos sus hijos
podemos compartir y disfrutar de la unidad del continente en la diversidad de
sus pueblos, lenguas y culturas (EA,11).
21. Hacemos nuestras las palabras del Papa Juan Pablo II:
“El Continente americano ha conocido en su historia
muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y mujeres a
las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor. El fenómeno continúa
también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y familias procedentes
de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han instalado en las
regiones del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable de la
población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de
significativos elementos cristianos.
y
22.
23. Desde una visión de fe estas luces y sombras son parte de la dinámica de
la creación y la gracia, así como del pecado y la muerte, que conforman el
escenario de la historia de la salvación.
Antiguo Testamento
24. Aun en las duras historias de la migración, Dios está presente y se
revela a Sí Mismo. Abraham dio un paso en la fe para responder al llamado de
Dios (Gn 12,1). Abraham y Sara extendieron su hospitalidad a tres forasteros
que en realidad eran una manifestación del Señor, generosidad que se convirtió
en paradigma de respuesta ante todo forastero para los descendientes de Abraham.
La gracia de Dios irrumpió hasta en situaciones de pecado: durante la migración
forzada de los hijos de Jacob, José, vendido como esclavo, se convirtió
eventualmente en el salvador de su familia (Gn 37,45) como una figura de Jesús,
quien traicionado por un amigo por treinta monedas de plata, salva a la familia
humana.
25. Los acontecimientos fundamentales de la esclavitud por parte de los
egipcios y de la liberación por Dios en la historia del pueblo elegido, se
plasmaron en los mandamientos del Antiguo Testamento referidos al trato debido
a los forasteros (Ex 23,9; Lv 19,33). La actitud hacia el extranjero constituye
tanto una imitación del Señor, como una manifestación primordial y específica
del gran mandamiento de amar al prójimo: “Pues el Señor su Dios es el Dios de
los dioses y el Señor de los señores: el Dios grande, fuerte y temible que no
hace distinción de personas ni acepta sobornos; que hace justicia al huérfano y
a la viuda, y ama al extranjero suministrándole pan y vestido. Amen ustedes
también al extranjero, ya que extranjeros fueron ustedes en el país de Egipto”
(Dt 10,17-19). Para los israelitas, estos mandatos no consistían solamente en
exhortaciones personales. La bienvenida y acogida del extranjero fueron
inclusive vinculadas a las leyes del espigueo y del diezmo (Lv 19,9-10; Dt
14,28-29).
26. Haciendo memoria de la migración a Egipto del pueblo elegido, Jesús,
María y José fueron refugiados en ese país: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt
2,15). Desde entonces,
27. Es Cristo Resucitado quien envía a sus discípulos a todas las naciones
para anunciar
La migración a la luz
de la enseñanza social de
28.
29. Esta doctrina se ha desarrollado aún más en los tiempos modernos como
respuesta al fenómeno mundial de las migraciones. En la constitución apostólica
Exsul Familia, el Papa Pío XII
confirma el compromiso de
30. Aun reconociendo el derecho que posee un Estado soberano de controlar
sus fronteras, Exsul Familia
establece que tal derecho no es absoluto, pues declara que deben conjugarse las
necesidades de los migrantes con las necesidades de los países que los reciben:
“[El] creador de todas las cosas creó todos los bienes principalmente
para beneficio de todos: por eso, aunque el dominio de cada uno de los Estados
debe respetarse, no debe aquel dominio extenderse de tal modo que por
insuficientes e injustas razones se impida el acceso a los pobres, nacidos en
otras partes y dotados de sana moral, en cuanto esto no se oponga a la pública
utilidad pesada con balanza exacta”.[8]
En su gran encíclica Pacem in Terris, el Beato Papa Juan XXIII profundiza aún más la
cuestión del derecho del individuo a migrar, así como su derecho a no tener que migrar: “Todo hombre tiene derecho a la libertad de
movimiento y de residencia dentro de la comunidad política de la que es
ciudadano; y también tiene el derecho de emigrar a otras comunidades políticas
y establecerse en ellas”.[9] Sin embargo, él mismo estableció
límites a la migración “cuando así lo aconsejen legítimos intereses”. Aún así, en la misma encíclica confirmó la
obligación de los estados soberanos de promover el bien universal cuando sea
posible, incluyendo una obligación de adaptarse a los flujos migratorios,
indicando que para las naciones más poderosas existe una mayor obligación.
31.
32. El Papa Juan Pablo II también hace referencia a los temas más
controvertidos de las migraciones indocumentadas y al migrante indocumentado.
En su discurso para el Día Mundial del Migrante de 1995, quiso hacer ver que
los países desarrollados utilizan estas migraciones como fuente de mano de
obra. Definitivamente, dice el Papa, la solución para la migración
indocumentada es la eliminación a escala mundial del subdesarrollo.[12]
Ecclesia in America, que se
enfoca en
33. Ambas Conferencias Episcopales nos hacemos eco de la abundante tradición
de la enseñanza de
34. Toda
persona tiene el derecho de encontrar en su propio país oportunidades
económicas, políticas y sociales, que le permitan alcanzar una vida digna y
plena mediante el uso de sus dones. Es en este contexto cuando un trabajo que
proporcione un salario justo, suficiente para vivir, constituye una necesidad
básica de todo ser humano.
35.
36.
37. La comunidad global debe proteger a quienes huyen de la guerra y la
persecución. Lo anterior requiere, como mínimo, que los migrantes cuenten con
el derecho de solicitar la calidad de refugiado o asilado sin permanecer
detenidos, y que dicha solicitud sea plenamente considerada por la autoridad
competente.
38. Independientemente de su
situación legal, los migrantes, como toda persona, poseen una dignidad humana
intrínseca que debe ser respetada. Es común que sean sujetos a leyes punitivas
y al maltrato por parte de las autoridades, tanto en países de origen como de
tránsito y destino. Es necesaria la adopción de políticas gubernamentales que
respeten los derechos humanos básicos de los migrantes indocumentados.
39.
40. Nuestra preocupación como pastores, por la dignidad y los derechos de
los migrantes, abarca tanto las respuestas pastorales como los asuntos de
política migratoria. , conlleva así a la conversión de corazón y mente, a un espíritu
renovado de comunión, y a la construcción de estructuras de solidaridad para
acompañar al migrante. El proceso de conversión de corazón y mente tiene como
consecuencia la necesidad de superar actitudes de superioridad cultural,
indiferencia y racismo; de no ver al forastero como un extranjero con malas
intenciones, a un terrorista o una amenaza económica, sino como una persona
plena en dignidad y derechos que revela la presencia de Cristo, portadora de
profundos valores culturales y de tradiciones ricas en la fe. Hacemos un
llamado a todos los líderes de
41. La auténtica conversión conduce a vivir la comunión mediante expresiones
de hospitalidad y bienvenida por parte de las comunidades receptoras, y
mediante un sentir de pertenencia por parte de las comunidades inmigrantes. El
Nuevo Testamento aconseja frecuentemente practicar la hospitalidad como virtud
necesaria en todo discípulo de Jesús. Muchos migrantes han buscado consuelo fuera
de
42. Nosotros Obispos tenemos la responsabilidad primera de construir el
espíritu de comunión y hospitalidad para con los migrantes que pasen o se
asienten en la región. Por ello:
• Hacemos
un llamado a párrocos y ministros laicos para que formen una red de apoyo en
servicio de las familias migrantes.
• Exhortamos
a cada comunidad a extender su hospitalidad a las familias migrantes durante su
caminar, y a que no les sean hostiles.
• Felicitamos
a las comunidades eclesiales que han establecido los albergues para migrantes
por proveer ayuda apropiada, servicio social y pastoral a los migrantes.
• Alentamos
a los católicos y a las personas de buena voluntad a trabajar con su comunidad
para atender las causas de las migraciones indocumentadas, y a proteger los
derechos humanos de todo migrante.
• Hacemos
un llamado a las Iglesias particulares para que ayuden a los inmigrantes a
integrarse en ellas por medios respetuosos, a que valoren sus culturas, y a que
respondan a sus necesidades sociales, lo cual se traducirá en un
enriquecimiento mutuo.
• Pedimos
que se extienda una atención especial a niños y jóvenes migrantes, pues
enfrentan la carga de vivir en dos culturas; especialmente para darles
oportunidades de liderazgo y de servicio en la comunidad, y para fomentar en
ellos las vocaciones.
•
• Alentamos a las diócesis a patrocinar
servicios sociales y legales a bajo costo para los migrantes.
• En muchas diócesis rurales, el lugar
central para la atención pastoral de los migrantes es el campamento en el que
habitan, el cual suele estar lejos de las parroquias. En este contexto,
exhortamos a los párrocos a preparar a sus feligreses como misioneros, y a
instruir a su vez a los propios migrantes como agentes de pastoral.
43. La construcción de la comunidad con nuevos migrantes requiere un mayor
sentido de solidaridad. El Obispo como pastor de